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Poco loco… lloremos

Hace bastante tiempo que no pongo un video, alguna musiquilla o algo de eso, así que hoy voy a darme el gusto y os voy a dejar algo inédito.

Siempre me ha hecho mucha gracia que la gente se emocione viendo películas hasta el punto de que acaben soltando alguna lagrimilla. Pero, bien pensado, esa gente es en realidad afortunada pues disfruta del cine a un nivel más profundo. Al fin y al cabo una de las funciones del arte, además de permitir al autor expresar sus pensamientos, emociones o simplemente su visión del mundo, es provocar en el espectador algún tipo de reacción (calma, tensión, miedo, risa…).

Pues bien, a día de hoy, y con mis 33 años, puedo decir que por fin encontré una película capaz de emocionarme hasta hacerme llorar. Es de dibujos, tal vez para niños, pero me ha hecho descubrir esa faceta del cine que yo desconocía. Así que… merece tener su huequecito en mi blog:

No sé, tal vez el hecho de que mi abuelo estuviera bastante malico cuando la vi por primera vez contribuyó. Igual me dio esperanza de encontrarme con él y que me enseñara a hacer nudos de corbata después de comer una tajadica o unos huevos fritos con patatas. Sea como sea, misión cumplida :-D.

En fin, ahora toca dormir.

Y au!

PS: Mañana tomate y espero que morro de mi tío!

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¡Buenos días! ¡Eso lo serás tú!

Llevo bastante tiempo dándole vueltas al tema: Estamos creando una sociedad rabiosa, que se ofende por todo, que busca en cualquier comentario algún motivo por el que sentirse atacado y una excusa para atacar a quien piensa diferente.

No hay más que dar un paseo por cualquiera de las redes antisociales para darse cuenta de cómo está la situación. A cada comentario que haga un usuario en un momento dado le encontraremos respuestas criticando su actitud. Veamos algunos ejemplos.

Un simple ¡Hola a todos! puede traer respuestas diciendo que la palabra todos invisibiliza a las mujeres, lo que nos convierte automáticamente en machistas opresores del patriarcado.

Preguntar a una mujer si tiene novio (o a un hombre si tiene novia) nos convierte en unos xenófobos que presuponemos y damos por única posibilidad válida la heterosexualidad.

Si nos gustan las películas en las que los protagonistas acaban enamorados, entonces estamos perpetuando los conceptos de familia tradicionales. Si además nos gusta que esa pareja sea heterosexual (puede que una persona heterosexual se sienta más identificada con una pareja heterosexual), ya somos ultraconservadores.

Si nos gusta nuestro país, ultranacionalistas rancios. Si nos gusta nuestra región, ultranacionalistas pero modernos.

Decir que nos gusta la ternera y desayunar un vaso de leche con un huevo frito nos convierte en unos asesinos especistas que violan a las vacas y roban los bebés de las gallinas para comérselos.

Si un camarero sirve el refresco a la mujer y la cerveza al hombre, machista.

Si criticamos cualquier dogma promovido por un partido de izquierdas, entonces somos fascistas.

Si criticamos cualquier dogma promovido por un partido de derechas, entonces somos comunistas perroflautas.

Si damos nuestra opinión sobre el fútbol, entonces no tenemos ni idea. O peor aún, nuestra ciudad / región / país se convierte en un foco de ataques e insultos de lo más variado.

Una señal en la que un muñequito lleva al colegio a otro muñequito que lleva coleta es machista porque presupone dependencia de la mujer y su obligación de llevar coleta. También es ofensivo que los moñigotes de los pasos de cebra no lleven falda.

Incluso puedes ofender a las camas si por ser grandes las llamas «de matrimonio». ¡Pobres camas! O bueno, realmente igual a quien ofendes es a los matrimonios porque tal vez prefieren dormir en hamacas.

Creo sinceramente que la cosa se nos está yendo de las manos. Tenemos que cortar con esta dinámica nociva que algún día nos va a traer disgustos reales, empezar a pensar que el mundo no va en nuestra contra, necesitamos decir «BASTA».

No debería haber nada ofensivo en que un moñigote lleve o no lleve falda. No debería ofendernos que alguien nos pregunte nuestra edad, nos abra la puerta, desapruebe una medida política con la que no está de acuerdo, comience una conversación utilizando cualquiera de los dos idiomas que maneja en su día a día. No debería haber ningún problema en que una marca de coche publique un anuncio en el que una niña merienda una fruta. Una bandera no debería ser motivo de insulto, acoso o señalamiento. El género neutro en un idioma no debería quitar el sueño a nadie.

Tengo clarísimo que a los políticos les interesa polarizar a la población. Estás conmigo o contra mí, si no ves el problema es que formas parte de él. Si no piensas como yo entonces quieres dar un golpe de Estado… Esa y otras absurdeces pueden verse día sí y día también en las redes sociales sin que nadie se plantee por un segundo si están jugando con nosotros.

Dejo aquí esta reflexión por si a alguien le hace pensar. A mí, personalmente, hay algo que no deja de venirme a la mente cada vez que abro Twitter:

A esas «buenas personas» les pagan un pastizal por soltar su odio y enfrentar a la población. A nosotros no nos pagan, no les hagamos el trabajo sucio.

Y au 🙂

PS: Tengo sueño ya…

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De raseros va la cosa

La semana pasada estuve de vacaciones en Gran Canaria con la bella doctora. Nos alojamos en un hotel que tenía su piscina, su spa, su buffet libre, sus jacuzzis en la azotea, y algo que me llamó la atención. En la puerta tenía un cartelito que ponía «Adults Only» (sólo adultos).

Esa fue una de las razones por las que escogimos ese hotel, pues nos garantizaba que no habría niños correteando y gritando. Que son adorables, sí, pero cuando los tienes gritando a tu lado y no son tuyos no son tan geniales.

Mientras los días anteriores estábamos buscando hoteles como locos, hubo algunos que quedaron descartados porque no tenían buffet, otros porque no tenían spa, y otros porque no nos quedó elección. Éstos últimos tenían otro de esos cartelitos: «Gay men only».

Curiosos cartelitos. El segundo garantizaba a hombres homosexuales que podrían tener un ambiente donde ir a ligar sin tener que preguntarse si sus posibles objetivos amorosos tendrían la misma orientación que ellos. Al ver esto pensamos: «Jo, este hotel está muy bien y no nos dejan entrar a ninguno de los dos, al uno por ser mujer y al otro por ser hombre heterosexual, vaya discriminación».

¡Anda! Resulta que me pareció bien que yo pueda tener un hotel donde los niños no puedan venir a molestarme pero no me pareció tan bien que a mí no se me permitiera entrar al otro.

Reflexionando sobre este tema llegué a la conclusión de que debería ser tan licito (mucho o poco) satisfacer mi necesidad (descansar sin niños) como la de los hombres gays que van a esos hoteles (poder encontrar gente con su misma necesidad sin incomodar a gente que no la tenga). Y, viéndolo así, yo no debería aplicar diferentes criterios dependiendo de si el problema me afecta a mí o a otros.

Y aquí viene el problema, ¿dónde está el límite? En principio que no haya niños correteando por un hotel podría parecer algo insignificante, pero excluir a mujeres y heterosexuales empieza a ser algo más peliagudo. Porque si esto nos parece bien, ¿qué pasaría si en otro hotel no aceptamos homosexuales? ¿Negros? ¿Extranjeros?

Tal vez es un ejemplo algo mundano, pero esto mismo puede verse a diario cuando nuestros políticos presuponen culpables a los hombres mientras hablan de presunción de inocencia para nuestro querido rey emérito. También cuando un presidente autonómico se queja primero de que el estado le oprime con un estado de alarma y después pide que el estado intervenga cuando las competencias le son devueltas. O cuando un iluminado aplaude manifestaciones y acosos a determinados líderes políticos y luego se queja de que hay gente gritando en la puerta de su casita.

Día a día, lo que está mal está mal cuando me afecta pero no cuando afecta a mi rival. Dobles, triples, múltiples varas de medir dependiendo del día de la semana. Éste es el mundo que estamos construyendo.

Yo no soy un lumbreras ni una persona con gran inteligencia emocional pero fui capaz de darme cuenta de que mi actitud no era coherente. ¿Por qué hay tanta gente que no ve el problema?

Ahí lo dejo. Ahora toca ir a Wesconsin a comer bien 🙂

Y au!

PS: El mundo parece más grande ahora pero volveremos a hacerlo pequeño en cuanto nos dejen 🙂

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Me he equivocado y no volverá a ocurrir

Mi saludo de hoy va para los políticos, esas personas altamente cualificadas que nos gobiernan tan diligentemente. Gente que cumple las normas, que no hace trapicheos, que toma decisiones acertadas y que si se equivoca lo asume.

No… NO ES ASÍ.

Hay muchas cosas que me gustan de España: nuestro clima (bueno, a veces), nuestra geografía, arte, cultura, comida, nuestro sistema de salud (esto no es que me guste, es que me enorgullece)… Pero una cosa de la que nunca he podido sentirme orgulloso es de los políticos.

Yo no sé en otros países del mundo pero aquí, en España, no es raro que un político:

  • Obtenga un máster de forma irregular o copiando
  • Sea pillado robando en un supermercado
  • Se fugue cuando la policía le da el alto por aparcar donde no debe
  • Participe en una trama de corrupción a gran escala
  • Conozca de antemano los riesgos de permitir eventos masivos y los permita
  • Se salte una cuarentena en momentos de pandemia
  • Conteste con otra tontería no relacionada cuando se le hace una pregunta
  • Mienta a la población, durante meses, sobre la autoría de un atentado terrorista
  • Escriba un tuit llamando asesino machista a un señor, luego se demuestre que era inocente y no se retracte
  • Insinúe que su gobierno controla a los jueces

Es sorprendente cómo en este país resulta tan difícil ver a un político presentando públicamente su dimisión, pidiendo perdón y explicando su error. No lo he visto en la vida.

Pero también es cierto que detrás de un mal político siempre hay miles de borregos que le votaron y que volverán a hacerlo. Gente que siempre va a defender las malas decisiones de su pastor, gente que se creerá sus mentiras y que, cuando le presentes pruebas de que se está equivocando te dirá eso de que «si no ves el problema es que formas parte de él».

Creo que en estos tiempos en los que vivimos necesitamos romper con la creencia de que votar a un partido es más serio que casarnos y pedir una hipoteca millonaria. Necesitamos romper con la idea de que si votamos a un partido es porque todo lo que dice nos gusta y nos tiene que gustar. No… La crítica, y también la autocrítica, son más necesarias que nunca ahora que diariamente nos bombardean con información sesgada o directamente falsa. Hemos de ser capaces de detectar qué puntos de un programa electoral nos parecen bien y cuáles no, y elegir el partido al que más afines seamos.

Sí, había indicios de que esto podía ser una pandemia. Sí, había pruebas que indicaban que había que prohibir los actos masivos. China y también Italia eran como nuestras dos bolas de cristal que iban explicando lo que pasaría aquí poco después. La Organización Mundial de la Salud avisó. Se tomaron decisiones mal y tarde y nadie ha dado la cara.

Ante una mala gestión (por decirlo de algún modo suave) creo que lo único que se puede hacer es admitirlo, explicar a la población qué pasó y por qué y presentar tu dimisión.

En este sentido, creo que el único «político» que dio la talla fue «Juancar». Está claro que el caso es distinto porque:

  • A esa persona no la ha elegido nadie que tenga menos de 60 años
  • No es un político propiamente dicho
  • No dimitió ese mismo día por todo aquello
  • No se nos dio la oportunidad de elegir democráticamente un sustituto
  • No es el único ni el último escándalo relacionado con esta persona que sale o saldrá a la luz

Pero, al menos, es el único que fue capaz de decir:

Lo siento mucho, me he equivocao y no volverá a ocurrir

Así que, aunque sólo sea por eso, un saludo al emérito.

Y au 🙂

PS: Hoy me voy a ahorrar esto porque, dado el fin de semana que es, iba a ser más pasteloide de lo que me gustaría.

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Lo egoísta del altruismo

Momentos convulsos éstos. Mientras el coronavirus va haciendo sus cosas la gente sólo podemos intentar protegernos lo máximo posible, evitar situaciones de riesgo, quedarnos en casa y matar el tiempo como buenamente podemos.

Podría decir que me siento afortunado de algún modo. Por suerte o por desgracia mi empresa sigue funcionando y no tiene pinta de que la situación vaya a cambiar. Mi novia es médico y tiene trabajo hasta hartarse. El trabajo y, por tanto, el dinero no deberían ser un problema, gracias a dios. No tengo hijos ni familiares enfermos más allá de mi abuela, que está en una residencia y por la que por desgracia poco puedo hacer desde aquí, salvo llamarla cuando puedo e intentar entretenerla. Así que estoy llevando todo esto, dentro de lo que cabe, bien.

Esta semana estoy trabajando desde casa, lo que me permite ahorrarme un buen rato de conducir y salir a mi hora. Con la compra de la semana hecha, todo el tiempo desde que termino de trabajar es para mí. Así que estoy pudiendo leer, ver películas, hacer bicicleta estática para no oxidarme más y, cómo no, para una de mis grandes aficiones, reflexionar.

Y el tema de hoy es el egoísmo.

No paro de ver, en todas partes, actitudes incomprensibles. Yo quiero ir aquí, pues voy. Yo no quiero estar en casa, pues me doy una vuelta para hacer compras (un paquete de pipas). Yo quiero ir a eventos multitudinarios donde contagiar a todo hijo de vecino, pues voy. Yo quiero… yo quiero… yo hago… Hay esperanza y también se ven cosas maravillosas, a ellas dedicaré un post otro día pero, hoy, a lo que estamos.

A todos los egoístas he de deciros que la estrategia que adoptáis no es la óptima. Y es que a veces no hay nada mejor para uno mismo que dar a los demás. Y para ilustrar, iremos a un ejemplo práctico. Hace alrededor de 18 años, estando de campamento, jugamos un día a un juego que me dejó atónito:

Estábamos 4 personas y era un juego individual. Cada uno tenía 3 cartas, y podíamos elegir cómo jugarlas. Dependiendo de nuestras decisiones podíamos ganar cada uno 10 puntos, 8 puntos, o ninguno. Con los puntos que obtuviéramos podíamos comprar la cena, el saco de dormir, una linterna… Todos intentamos ganar los 10 puntos y, como no podía ser de otra manera hubo tres personas que no ganaron ninguno. De repente el monitor dijo algo que me marcó:

Bien, habéis perdido.

¿Sabéis por qué? Habéis intentado ganar sin pensar que si hubierais jugado pensando en los demás habríais conseguido 32 puntos entre los 4.

Con esos puntos tendríais la cena, un par de sacos de dormir y la linterna de propina.

OJO… si hubiéramos pensado en equipo aun siendo individuos diferentes habríamos ganado todos. Nadie habría ganado el máximo, pero todos hubiéramos cedido sólo una pequeña parte del máximo posible.

Esto es lo que veo en el día a día. Y cuando digo que es posible hacer las cosas de otra manera la gente me tacha de loco. No lo soy, y cuando te das cuenta del error caes en lo que has perdido (o en lo que podrías haber ganado).

Ahí queda mi reflexión de hoy.

Además dejo una frase que me viene a la cabeza muchas veces últimamente. Ya desde hace varios años pero, especialmente, en estas últimas semanas:

… cada ocasión de ser útil que no aprovechas es una infidelidad …

Sin más, me despido por hoy, ahora voy a hacer algo que adoro.

Y au! 🙂

PS: Y a ti, mi bella compañera que endulzas las cuarentenas, sólo te diré: COMER COMER COMER COMER COMER COMER COMER COMER COMER COMER COMER …

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Coronavirus, trabajo y teletrabajo (Parte I)

Llevo días queriendo desahogarme con este tema, pero tenía la esperanza de que la situación cambiara. Hoy he llegado a la conclusión de que no va a ser así, de modo que ya no veo razón para no escribir esta entrada, que será probablemente la primera de una serie en la que hablaré de cómo se ha planteado la crisis del coronavirus en la empresa en la que trabajo.

Antes de nada, un poco de contexto. trabajo en una empresa que distribuye *** a *** y ***. Soy informático y mis labores van siempre relacionadas con el mundo de las webs, por lo que mi presencia en la oficina es, lógicamente, absolutamente opcional. He puesto asteriscos porque no creo que éste sea el sitio adecuado para poner a parir a una empresa (aunque en este caso lo merezca), creo que las cosas hay que decirlas cuando, donde y como hay que decirlas, todo a su tiempo. Pero, para que os hagáis una idea, es una empresa bastante grande y se mueve en un sector crítico.

Pues bien, el miércoles pasado, 11 de marzo, ante expansión del virus, se nos convocó a todo el departamento para comunicarnos que se nos mandaba a casa para trabajar desde allí indefinidamente. La noticia me alegró, ya que vi que la empresa se preocupaba por nosotros y trataba de minimizar riesgos en la medida de lo posible. A medio día estábamos todos desmontando nuestros ordenadores y partiendo hacia casa para terminar la jornada desde allí.

A la hora de cenar llegó un mensaje diciendo que a una mujer de las altas esferas, cuyo nombre no mencionaré, no le había parecido bien que el equipo de Zaragoza trabajara desde casa. Así que a la mañana siguiente volvimos todos a trabajar a la oficina.

Por alguna razón que no llegué a entender, hay jefes en la empresa que no quieren que teletrabajemos todos a la vez. Deben pensar que teletrabajar significa irse de vacaciones. Así que sólo permitieron que medio equipo trabajara en casa, de forma que la historia quedó de la siguiente manera:

  • Equipo rojo y equipo azul. Cada equipo trabajará desde casa una semana y se irán alternando.
  • La gente en la oficina se sentará lo más dispersa posible de forma que nadie del equipo rojo se siente en ningún sitio tocado por el sitio azul.
  • No podemos bajar al comedor porque ahí comen los del almacén. Tenemos que comer en la pequeña sala que tenemos para tomar café. No podemos fregar los platos porque no hay fregaderos.
  • No podemos comer más de tres personas a la vez porque no hay margen para dejar sitio entre nosotros. Esto se traduce en que comemos en el sitio.
  • No podemos hacer reuniones presenciales, siempre por videoconferencia.
  • Lógicamente no podemos tocar puertas ni nada que toquen otras personas.

Esto fue el jueves. La verdad es que el jefe de mi departamento se lo curró un montón e intentó crear un plan de acción lo más seguro posible. No tengo quejas sobre él, el pobre se está comiendo un marrón que no quisiera yo por todo el oro del mundo. Yo, la verdad, es que es una persona a la que tengo en buena estima y a la que admiro por considerarle alguien justo y razonable. Todo hay que decirlo, lo bueno y lo malo.

El fin de semana el gobierno decretó el estado de alarma. Se insinuó que sería obligatorio trabajar desde casa, aunque luego el Real Decreto se olvidó de incluirlo. Quedó como una recomendación pero no obligación legal, así que cada empresa hará lo que le parezca mejor.

Inmediatamente la empresa preparó un documento en el que se dice claramente que yo, _______, trabajo en _____ y mi trabajo es absolutamente indispensable para abastecer de *** a *** y *** de todo el territorio nacional. Yo, un informático que hace webs. Este papel está diciendo algo que es absolutamente falso.

Rápidamente preguntamos por qué era tan indispensable para la empresa que 30 informáticos que hacen webs (y otras cosas más frikis con bases de datos enormes) estemos en la oficina. Y la respuesta que nos dieron fue:

Imaginad que hay un super contagio, los del almacén se ponen todos malos a la vez y hay que cargar un camión. Tenéis que estar para poder ir corriendo a meter las cajas.

Esto ya es esperpéntico. Porque digo yo:

  1. Si tan crítico es, ¿no debería haber varios equipos de gente del almacén, uno trabajando y otro de guardia por si pasa esto?
  2. ¿Cuál es la probabilidad de que todos a la vez enfermen?
  3. ¿Cuál es la probabilidad de que todos ellos enfermen justo al mismo tiempo, en horario laboral y mientras cargaban un camión?
  4. Si esto ocurriera, ¿no sería suficiente una llamada telefónica para que en 20 minutos todos los informáticos estemos allí para cargar el camión?

Tenernos en la oficina por un hipotético riesgo prácticamente imposible de que se produzca introduce algunos problemas que no me parecen insignificantes:

  1. En caso de desbordamiento de los hospitales, cosa que sí es bastante probable, ¿qué nos pasará si tenemos un accidente de coche?
  2. Acudiendo a la oficina aumentamos más riesgo de contagiarnos, o peor aún, de contagiar a otros compañeros, a sus familias, a los del almacén que cargan los camiones.
  3. En mi caso particular, un contagio mío supondría una cuarentena a una médico. Por la cabezonería e insensatez de alguien que no entiende que teletrabajar significa «trabajar a distancia» el sistema sanitario puede perder personal. Y no es que yo sea especial, hay más personas con parejas en el mundo de la sanidad.
  4. También hay personas que sencillamente tienen a su cargo a personas mayores o con problemas de salud que les hacen más sensibles. Esta gente también es muy importante.

Llevo cuatro días trabajando y no he hecho absolutamente ninguna tarea que no hubiera podido realizar desde casa, concretamente desde donde estoy escribiendo esta parrafada. ¿Me quiere alguien entonces explicar qué coj*n*s estamos haciendo allí?

Y ojo… me encanta teletrabajar un día a la semana pero no me hace ni p*ta gracia pegarme un mes entero recluido en casa sin salir. Me gusta ir a la oficina y es una excusa para ver el sol y tomar el aire. Si me estoy quejando es porque, responsablemente, la decisión más sensata es quedarse en casa.

Lo que peor llevo de todo son las formas, las excusas, la actitud irresponsable en una empresa relacionada con el sector de la s*n*d*d. Sólo espero que por esta actitud no acabe pasando alguna desgracia porque entonces, ¿qué dirá la señora de las alturas?

En fin… otro día os seguiré contando.

Y au :-).

PS: Ni Londres, ni Gurrumendi… Levantaremos esto!