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Así son las cosas y así te las he contado

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Pizzapendencia y libertad

Libertad… esa gran palabra.

Se nos llena la boca cuando hablamos de libertad. Libertad por aquí, libertad por allá. Pero todavía tenemos mucho que aprender sobre ese concepto tan de moda.

Antes de nada, una aclaración: Me encanta la pizza.

Y dicho esto, vamos a poner un ejemplo absurdo, como a mí me gustan, para ilustrar la situación.

Partiremos de la idea de que tengo libertad de expresión ilimitada y que, en la misma proporción, soy un amante de las pizzas, en todas sus formas y colores.

Entonces, ¿qué hay de malo en que una mañana me levante y decida poner fotos de pizzas carbonara en todas las farolas de mi barrio? Si las farolas no son suficientes, puedo empapelar barandillas, balcones, y poner banderas de calzones en los ayuntamientos. No, no hablo de ropa interior, hablo de eso que es como una pizza doblada por la mitad. Vale, los ayuntamientos representan también a los que prefieren comer ensalada, pero, esos son unos fachas, no son aragoneses de bien.

Claro que, ahora que lo pienso, me gustan mucho los grafitti así que, valiéndome de mi libertad de expresión, estoy en mi derecho de dibujar pizzas hawaianas en cada paso de cebra y muro que vea medio vacío. También puedo usar esa libertad para que los niños me ayuden a empapelar el colegio, y para que se disfracen de pizzas cuatro quesos para carnaval.

Desde luego, soy libre para eso y mucho más y, cualquiera que no me permita hacer lo que me dé la gana sin ninguna consecuencia, es un fascista opresor que me roba mientras me trata como un colono esclavo, un señor feudal esperando a que me case para disfrutar del derecho de pernada.

Suena absurdo, ¿verdad? Pues es lo que está ocurriendo cada día y realmente asusta que se esté aceptando como normal en determinados sectores de la población.

Creo que queda claro que uno no puede hacer lo que le dé la gana. No puedo ensuciar las calles que son de todos, no puedo colocar símbolos sobre una ideología excluyente en lugares que representan a todos. No puedo inculcar, intencionadamente, ideologías políticas concretas en menores. No puedo… Y no puedo hacerlo por una sencilla razón:

Mi libertad termina donde empieza la de los demás.

Me gusta ver las calles limpias. No me gusta que haya bolsas de basura atadas al mobiliario de cada calle. No me gusta ver banderas contrarias a mis ideas en cada farola, ayuntamiento o carretera. No me gusta que mis hijos hipotéticos lleguen del colegio diciendo barbaridades con claros fines políticos que les han dicho los listos de sus profesores cuyo salario, por cierto, sale de mis impuestos.

Y, de la misma forma que yo tengo derecho a vivir en paz, sin que nadie se meta conmigo, tú tienes derecho a no sufrir mis excentricidades y, por supuesto, a no tener que pagarlas de tu bolsillo. Ni tú quieres ver pizzas todo el día, ni yo quiero ver lazos amarillos.

Y comento esto porque este fin de semana pasado estuve en Andorra y de camino tuvimos que atravesar muchos pueblos llenos de lazos y banderas independentistas, y la verdad es que me dio muchísima pena.

Al margen de lo que pueda pensar sobre el independentismo, creo que no es de recibo que una persona que no abrace esa ideología tenga que aguantar que todo el pueblo, cuyo cuidado también paga con sus impuestos, esté lleno de bolsas de basura amarillas partidas a trocitos y esparcidas por cada rincón. Vergüenza, rabia, pena… es quedarme corto.

No sé en qué acabará todo esto, yo sólo espero que quienes tienen la obligación de dialogar se sienten en una silla y hagan su trabajo. Y si no se sienten capaces, que presenten su dimisión y dejen que otro lo intente.

Me canso, me cansáis, me cansan.

Y au 🙂

PS: Si no es San Paco, Amsterdam no es mala opción