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El bus fantasma de Londres

Hoy os traigo una historieta de esas que te dejan los ojos como platos. Sabéis (y si no pues ya os lo digo ahora) que yo no creo en dioses, espíritus, fantasmas, demonios ni nada por el estilo. Pero lo que os voy a contar es, cuanto menos, sorprendente. Sentaos y disfrutar, queridos padaguanes, os pongo en situación:

Hace unos días estuve en Londres con la bella doctora. Lo teníamos pendiente desde la Semana Santa de 2020, año en que, como bien sabéis, la vida dio un vuelco completamente inesperado (no se podía saber, decía cierta carga pública) y tuvimos que abortar todos nuestros planes. Este año sí, hemos conseguido sacarnos esa espinita, pasar la Semana Santa por allí y patearnos la ciudad como nos gusta a nosotros. Solo que, en esta ocasión, tuvimos dos acompañantes inesperados, mi amiga la trotamundos y su futuro marido, el húngaro bajito. Os contaré más detalles sobre el viaje y mis impresiones sobre los ingleses pero por ahora vamos al lío.

Una noche, después de unas cervezas, decidimos que era buena idea coger un autobús hasta el hotel. Fuimos hacia la parada, a unos cuantos minutos andando desde el bar. Al doblar la última esquina vimos que, en la parada, estaba el autobús 94, ¡qué suerte! Se nos iba a escapar «en los morros» así que decidimos echar a correr con la esperanza de que el conductor se apiadara de nosotros. Mi amiga corrió rauda y veloz moviendo los brazos y el autobús, que ya había arrancado, frenó y se detuvo de nuevo.

¡Qué bien! Habíamos conseguido que esperara. Cuando mi amiga llegó al autobús los demás todavía seguíamos corriendo detrás y vimos que ella miraba sorprendida por las ventanillas. No entendimos qué pasaba hasta que lo alcanzamos…

El autobús estaba completamente vacío, sin nadie dentro, sin conductor, sin luces, sin motor en marcha. Dimos la vuelta alrededor por si el conductor había salido. No había nadie… Esperamos un par de minutos, tal vez hubiera sido un apretón y el conductor aparecería con cara de alivio y una sonrisa de oreja a oreja.

¿Dónde había ido? Los cuatro habíamos visto el autobús arrancar y parar para esperarnos.

Decidimos finalmente dejar este misterio como una anécdota del viaje y seguir nuestro camino hasta la línea Central, la roja, que tenía una estación 3 o 4 minutos andando. La rematadera fue cuando, ya a punto de bajar las escaleras al metro, el bus apareció con su conductor, sus lucecicas y sus viajeros felices dentro.

¿Cómo os quedáis?

Y au! 🙂

PS: Comeremos pizzas, veremos el LagoNés o nos comeremos un Kebab. Sobre la marcha 🙂