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El saber es bueno

Resulta que estos días me acuerdo de lo que alguna vez dijo mi profesora de filosofía en 1º de bachillerato: “El saber nos hace libres y felices”. En su día cuestioné esa afirmación, ya que si no sabes que tienes un problema, en realidad es como si no lo tuvieras, puesto que lo desconoces, y no puedes ni solucionarlo ni preocuparte por él. Hasta hace bien poquito seguía defendiendo que la “bendita ignorancia” nos ahorra preocupaciones.

Una persona “feliciana” (así la llamaba Merche) es alguien que vive aparentemente feliz, pero que se siente dichoso viviendo en la ignorancia sin saberlo. Realmente es cómodo no tener ni idea de lo que pasa a tu alrededor, porque la mayor parte de tus problemas no sabrás ni que existen.

La ignorancia puede ser voluntad directa del sujeto, o consecuencia de su poca necesidad o interés por aprender cosas nuevas.

¿El inconveniente? Algún día tu mundo de las hadas se irá a pique, y no sabrás hacer frente a la situación, te vendrán bastantes problemas de golpe, y te desbordarán.

La mejor solución es empeñarse en aprender, observar, escuchar, no dejar que los pequeños detalles se te escapen. El conocimiento pone a tu alcance posibilidades que no conocías, descarta posibles malas interpretaciones, elimina las dudas (pero te crea otras que hacen que quieras seguir aprendiendo)… Nunca hay que dejar de conocer cosas nuevas.

Sobre todo, y esto es algo que he aprendido no hace mucho, todo lo que aprendes puedes utilizarlo para bien tuyo o de los que tienes alrededor. Y en caso de que quieras utilizarlo en tu beneficio, una buena opción es no dejar que los demás sepan que “lo sabes”. Es algo que puede resultar útil, sobre todo para salvar pequeños (o no tan pequeños) contratiempos y situaciones embarazosas que puedes sufrir en tu vida diaria.

Merche… gran lección. Realmente “El saber nos hace libres y felices”.

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El clero y el sexo

El clero. Son gente que renuncian a muchas cosas por su fe. Cosas como por ejemplo echarse chorba o practicar el sexo (madre… no sé como viven).

Y el otro día lo pensaba. Si yo fuera cura, y pasara la tía mas buenorra a mi lado, con su escote y sus andares, ¿qué haría yo? Porque vale, yo tengo a Dios, que me quiere y me cuida pero… ¿acaso con semejante pivón no iba a estar bien atendido? 😛

Hay varias opciones. Está la opción de quitarme la sotana para siempre, ponerme guapo y salir a ver si me la encuentro otra vez, condones en mano. Tambíen podría pensar “bueno, lo elegí yo”, y vivir amargado* con mi castidad (pero tranquilo porque hago lo que quiero hacer, con sus pros y sus contras). O está la opción intermedia (aunque no sé si la mejor): Acordarme del santo día que decidí ponerme la sotana y recurrir a mis 5 amiguitos de siempre (pulgar, índice, corazón, anular y meñique) para aliviarme. Luego una duchita de agua fría, muchas oraciones para que el Señor me perdone, y a seguir con mi vida casta y pura, llena de buenas acciones e ilusión por el prójimo.

* Digo amargado aunque en realidad ellos no creo que se sientan así. Se apoyan en su fe, que es lo que les ayuda a renunciar a todo lo que renuncian y vivir felices y contentos. Debe ser buena la fe, aunque, ¿qué es exactamente?

Un religioso, y mucha más gente, diría que es “creer aunque no veas”. Para mí no es exactamente eso, sino que es más algo como “creer, veas o no, sin que nadie sea capaz de convencerte de lo contrario”.

Yo creo que en realidad todos tenemos algo de curas. Todos tenemos nuestra fe en algo, y por supuesto momentos en los que esa fe se tambalea.

Lo dificil es saber qué decisión tomar, si seguir lo que estamos haciendo y además hacerlo de buena gana, dejarlo y buscar algo que de verdad nos llene, o poner una tirita, una solución temporal hasta la próxima ”prueba de fe”.

“Los caminos del señor son misteriosos”, he dicho…

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