Cargando ...

Anda a Cascala!!!!

Así son las cosas y así te las he contado

0

El sueño del jardinero

El jardinero era la clave… hoy lo he descubierto.

Llevo mucho tiempo sin contaros un sueño raro que haya tenido. Hoy he tenido uno que debía ser secuela de otro que tuve hace tiempo, porque ya me sabía los truquillos. Os cuento la historia …

Ponemos cursiva para dar un toque místico:

He aparecido en una especie de explanada enorme de césped rodeada de muros, era como una cárcel. Pero no era una cárcel, todos los reclusos íbamos vestidos de blanco y no de naranja butanero como en las películas. Además, en el patio había corros de gente donde algunos empleados daban charlas de lo más religiosas que he visto en mi vida. Que si iremos al infierno si hacemos no se qué, que si nuestro señor no se cuál… ¿Sería un psiquiátrico?

Todos los reclusos estábamos medicados para que fuéramos dóciles. Yo recordaba del sueño anterior que me daban 5 pastillas diarias, así cuando me han dado la medicación me las he apañado para tomarme sólo una. Así he conseguido estar “medio pito” para pensar en el siguiente reto.

Tenía que salir de allí, así que he ido a una empleada para decirle que quería irme. No me sonaba que me hubiera puesto pegas la otra vez, pero por si acaso le he dicho que mi madre estaba muy enferma, y que si se moría sin estar yo con ella no me lo iba a perdonar. La señora, muy amable y comprensiva, me ha dicho lo siguiente:

– Claro, no hay problema, ve a hablar con el jardinero, es quien tiene las llaves de la puerta. 

Y ha señalado a un señor joven vestido con vaqueros azules y camisa de cuadros, que iba andando con un cubo en la mano a lo lejos.

Entre él y yo había 3 paredes de cristal con puerta (como si fueran pasillos intermedios, de varios metros de ancho) que había que atravesar. Y todo antes de que él llegara a un pasillo largo y desapareciera de mi vista. 

El sueño que había tenido anteriormente acababa cuando yo intentaba cruzar la primera puerta, no había forma de abrirla. Pero esta vez, la cosa ha cambiado porque me sabía el truco de esta prueba: la empleada.

He metido rápidamente la mano en el bolso de la amable señora y he extraído un manojo de llaves. Con eso he podido abrir la primera puerta y salir corriendo hacia la segunda pared de cristal. El jardinero seguía avanzando.

He repetido la operación con las otras dos puertas, utilizando para abrirlas la misma llave. Por alguna razón sabía qué llave era, igual no era la segunda vez que lo soñaba, quién sabe.

Y al final he llegado hasta el jardinero, que iba fumándose un cigarrillo e ignorando mis gritos desde lo lejos.

Esta ha sido mi última traba. Resulta que él me ha dicho que era un “alumno” también. Que a él también le habían dicho que si alguna vez quería irse hablara con el jardinero. Ha abierto la puerta de su habitación, que era blanca como la pared del pasillo largo que os comentaba. De hecho, la puerta se confundía con la pared, si no llega a abrirla no hubiera sabido ni que estaba allí.

Se ha metido en su habitación ha cerrado la puerta y me ha dejado con toda la intriga.

Quitamos la cursiva, ya no hace falta 😀

Ahí ha acabado mi sueño, porque mi padre ha venido a despertarme. Queda pendiente enterarme quién es el jardinero y por qué hay que pedirle las llaves a él. También por qué nos dicen a todos lo mismo, y quién dirige ese lugar. Cuando me entere os lo cuento.

Es curioso cómo nuestra mente inventa estupideces máximas, y como se pueden enlazar los sueños una y otra vez.

En fin… otro día más, ahora a preparar maletas que me voy de viaje unos días.

Y au! 🙂

PS: Un par de semanas y veremos qué tal se me da planchar …

 

0

La vecina cantarina

Hoy os voy a contar una historia de las que me gustan a mí 🙂

Estaba yo en mi casa y a eso de las seis de la tarde he decidido hacerme unos macarrones todo “rebuenos”. Así que he puesto el agua a calentar, he empezado a pelar la cebolla y otros que haceres culinarios, que incluían darle buenos tajos a una barra de lomo de mi pueblo para entretenerme mientras tanto.

De repente, algo ha distraído mi atención arguiñana. Una vecina del piso de arriba, con la ventana que da al patio interior abierta de par en par, ha empezado a cantar en inglés, con una voz de esas que rompen cristales. La canción era algo como lo que sigue:

Bicos yunou ailofiuuuuuu, uuuu yeaaaaa, mai lof is yors darliiiiin …

Al principio he pensado que sería algo pasajero, que dejaría de torturar a todos los vecinos y cerraría su ventana. No sé si cerrar la ventana le hubiera funcionado, porque la mía estaba cerrada y seguía escuchándola igualmente.

Pero conforme pasaban los minutos me daba más y más cuenta de que esa horrible voz no iba a dejar de destrozarme los tímpanos, así que he decidido actuar:

He abierto mi ventana, y me he puesto a imitarla a grito “pelao”. Mi respuesta ha sido tal que ésta:

Oooooh oooh oooh, ailofiuuuuuu, guachimininaaaaaiiii,  bicos yorsister is hooooootttt

No había terminado la primera frase de mi improvisada canción cuando la voz estridente ha desaparecido y he oído una ventana cerrarse. Loixiyo había ganado la batalla, la petarda se había callado.

Una pregunta que me ha venido a la cabeza después, y que dejo aquí planteada es la siguiente:

La que se ha callado era la vecina pero.. ¿era la ventana que se cerraba suya, o de un vecino que no quería oir nuestro particular duelo?

Pues nada, queridos padaguanes, otro día más!

Y au 🙂

PS: Mojito de sidra!! 😀

0

El legionario del chino y el conductor cantarín

… Todos locos …

Es la única forma lógica de empezar a escribir que se me ocurre ahora mismo. Hoy ha sido un día de personajillos curiosos, y por eso voy a contaros un poco lo que ha sido.

Después de comer he bajado a mi tradicional café en el chino de enfrente de mi casa. Por el camino he visto a un señor con sombrero de legionario (verde, militar de esos con pompón), un perro cazador negro y pintas de “España, una, grande y libre”. No le he prestado especial atención salvo por lo del gorro, y me he metido al bar.

Ya en el bar, he pedido mi café con hielo. El personaje ha entrado a pedirse una cerveza, dejando al perro sin atar en la puerta. El perro, todavía joven y curioso, ha entrado a ver qué se cocía en ese lugar que no había visto. Tal cual ha entrado, el señor le ha dado una pseudo-patada (de esas que sólo son para asustar, sin llegar a golpear) y el perro ha vuelto a la calle. Hasta aquí todo… normal, salvo otro pequeño detalle que todavía no os he contado:

El perro negro al que gritaba y pseudo-pataleaba se llamaba MORO.

Ya nos hemos sentado en la terraza y ha venido un adolescente extranjero, presumiblemente rumano o de algún país de alrededor. Le ha preguntado al señor a ver si podía darle algo de dinero, y el diálogo ha sido tal que así:

– Perdone señor, ¿no llevará 50 centimos para darme?

– ¿50 céntimos yo? Me los tendrías que dar TÚ a MÍ, y no al revés…. ¡Será posible!

– ¿Por qué, señor? No entiendo, no tengo trabajo.

– Vamos a ver, niño. Yo tampoco tengo trabajo, y ¿Sabes quién me mantiene? Españññña (con voz orgullosa como en tiempos de mis abuelos), igual que a ti. Españññña te mantiene. ¡Moro, muérdele! ¡Mátalo! ¡Ataca!

El perro, obviamente, ha seguido a lo suyo. Estaba todo entretenido comiendo cacahuetes que había en el suelo. El joven pedigüeño se ha ido sin rechistar, y yo, estupefacto, no he llegado a entender por qué el señor debería recibir esos 50 céntimos en lugar de darlos. No lo he entendido, pero en fin…

Tras acabar mi café me he ido a unos parques cerca de mi casa a pasear un poco. Y en un paso de cebra he oído gritos. Me he vuelto hacia el lugar de donde procedían, pero no he encontrado quién gritaba. Enseguida he entendido lo que ocurría, cuando una furgoneta ha girado en esa esquina. El conductor era un señor que iba, con las ventanillas bajadas y cantando algo como esto:

– ¡Menuda mieeeerrrrda de lugaaaaaarrrr! (repetidas veces, con distintas melodías y ritmos, pero siempre a grito “pelao”).

Como decía, todos locos. Tanto que tenía que ponerlo aquí para compartirlo con el mundo. Tal vez el amigo de Españññña y el conductor me lean y se rían un rato recordando sus respectivas hazañas. O tal vez no, quien sabe.

Pues ale, otro día más, mis pequeños padaguanes.

Y au! 🙂

PS:   … ¿O qué? 

0

Colega, ¿dónde está mi suerte?

Hoy ha sido un día de esos que esperas que acaben cuanto antes, de esos que dan ganas de encerrarte en un cuarto vacío para no liarla. Os lo voy a resumir bastante:

8.30 de la mañana:

Loixiyo entra a trabajar. El día promete ser largo pero interesante.

11.30 h:  

Loixiyo ha hecho 10 ensayos de una instalación antes de proceder en el ordenador “importante”. Todos ellos han tenido éxito así que procede a cerrar el asunto. Todo va bien, tenemos otro éxito …. PUES NO. Hay errores que, aunque no dependen del nuevo software, hacen que la aplicación no funcione como debería. No pasa nada, es hora del almuerzo.

11.35 h:

Loixiyo quiere un sandwich de la máquina expendedora. Hay que meter el dinero, y pulsar EH. Por alguna razón pulsa AJ, y en lugar del sandwich sale una caña de crema fría, seca y dura. Si al menos hubieran sido unos donetes…

11.50 h:

Loixiyo vuelve a su puesto, soluciona parte del problema. El resto se solucionará cuando se instalen el resto de los módulos que todavía no están en ese ordenador. Cambiamos de proyecto.

14.00 h:

8 ensayos de instalación en el ordenador de Loixiyo e incontables pruebas adicionales aseguran que a instalación en la máquina del cliente no dará el mínimo problema. Es hora de comer, luego sigo 🙂

15.00

Procedemos a la instalación. Subimos un archivo, OK. Subimos otro, OK. Subimos otro, OK. Subimos otro… … … No ocurre nada. No hay forma de mirar los registros de errores, la única información segura es que “por alguna extraña razón, mi aplicación no funciona”.

17.00 h

Después de muchas pruebas, Loixiyo ha de apuntar una serie de números en un papel para que su jefa le solucione un problema. Loixiyo los apunta. La jefa vuelve 3 veces a decirle que ya está solucionado, pero el problema sigue ahí. A la cuarta intentona, la jefa quiere que le enseñe el número. Loixiyo ha escrito mal los números en el papel.

17.20 h 

Después de dos conversaciones telefónicas con una moza muy simpática que trabaja en la empresa cliente, confirmo que no puedo trabajar más. Los archivos que necesito los recibiré mañana a primera hora.

18:20 h

Loixiyo ha terminado su accidentada jornada laboral y se va a la calle a por el coche. Deja la mochila en el suelo y se fuma un cigarro con su compañera. Al terminar, suben cada uno a su coche y abandonan Plaza.

18.40 h

Loixiyo está en casa, ya nada puede salir mal a partir de ahora. ¿O sí? ¿Os acordáis de la mochila que he dejado en el suelo? ¿He dicho que la hubiera metido en el coche?

18.50 h

De vuelta a Plaza Loixiyo empieza a dudar… ¿No habré metido la mochila en el asiento de atrás?

… (Misterio) …

… (Más misterio) …

NO.. La mochila estaba en Plaza. Y menos mal, porque si no hubiera vuelto para nada.

*********************

Y digo yo: ¿Qué probabilidad hay de que todo lo que pueda salir mal en un día (y lo que no) salga mal? Yo diría que una entre 25.000 millones. Así que como esa es la probabilidad de que me toquen los 156 millones de euros, el viernes jugaré. Si dios existe y es justo, compensará la balanza y no volveré a trabajar.

Ale, detallado mi desastre de día, me voy a dormir.

Y au! 🙂

PS:    ¡¡Caracoles!!

0

Y así cerré un chino

Me estoy dando cuenta de que me hago mayor …

Ayer mi amigos el señor Clorofila y el recientemente coronado ingeniero me avisaron para ir a su casa a echar unas copas y luego ir al casco (to the helmet) a bailar un poquillo.

Así que me dispuse a comprar bebida en un establecimiento chino. Estas tiendas están muy bien porque puedes comprar bebida a cualquier hora del día. Además venden comida y tal.

Cuando hice mi primer intento eran las 11 menos 20 de la noche. Vi salir a varios jóvenes con botellas de alcohol, así que supuse que no tendría problemas para comprar un par de litros de calimocho. El dependiente, muy amable y sonriente, me dijo que eran las 11 y no podía venderme alcohol, pues era ilegal. Detrás suyo había un reloj que dejaba claro que faltaban 20 minutos hasta que no le estuviera permitido atender mi petición. Pero ante su negativa, decidí irme a otro chino y comprar.

Unas calles más arriba encontré otro de estos establecimientos, del que de nuevo salían jóvenes menores de edad con botellas de alcohol.  No puedo asegurar que las hubieran comprado allí, tal vez las llevaban de antes. En este segundo local recibí la misma respuesta y me fui de allí sin conseguir mi objetivo.

Recordé que de camino a casa de Clorofila había otra tienda más donde intentarlo una última vez. Así que cogí una bicicleta y fui hacia allá.

Como era de esperar, varios menores salían satisfechos de la tercera tienda portando botellas de alcohol. Abrí la puerta y le pregunté a la china si podía venderme sin entrar, pues no quería dejar la bicicleta sola en la calle. La respuesta fue la misma, que a partir de las 11 no podía comprar alcohol. Esta vez al menos tenía razón, el tiempo iba pasando y efectivamente, eran las 23:00h.

Pero Loixiyo estaba harto, así que decidió actuar. Bajé de la bici, me lié un cigarrito y me senté a esperar al siguiente grupo de chavales en busca de bebidas para decirle “¿Ves como sí vendías?”

La china empezó a ponerse nerviosa. Los siguientes clientes menores de edad no se hicieron esperar, pero la china no les vendió porque sabía que yo estaba mirando. Ellos se indignaron, no entendían por qué esa noche no les vendían cuando lo habitual era que sí. Pero yo sabía la respuesta. LOIXIYO ESTABA ALLÍ.

La cosa me pareció divertida, así que cuando me terminé el cigarro (23:08h) abrí la puerta de nuevo y entablé conversación con la china:

– Mira, yo no soy policía, pero necesito un brick de vino. Sabes y yo sé que vendéis alcohol fuera de horarios. Así que si no me quieres vender no pasa nada, pero yo me voy a quedar aquí y como vea que alguien compra llamaré a la policía.

– No problema, nosotros no vendemos alcohol.

– Perfecto, yo me fumo otro cigarro. Tengo aquí tabaco para estarme un mes sentado (enseñando el paquete de tabaco de liar).

Así lo hice, me lié otro cigarro y vi como la “sospechosa de infracción” empezaba a ponerse más nerviosa. Mientras me echaba ese segundo cigarro entraron 4 grupos más de jóvenes. Demasiada gente pidiendo algo que “nunca dan”, ¿verdad? Con cada grupo que entraba, yo miraba a la china y le dedicaba una sonrisa.

Cuando acabé el cigarro, la miré de nuevo y le enseñé el paquete de tabaco otra vez. En cuanto hice el amago de empezar a liarme otro más le dijo algo a su compañero. En menos de 30 segundos estaban cerrando la tienda. Apagaron las luces y bajaron la persiana. Yo les dije que “mañana nos vemos de nuevo”.

Mientras se marchaban muy despacio, volvían la cabeza para ver si me iba. Doblaron la esquina, y pude ver como cada minuto sacaban la cabeza para ver si me había ido. Pero no, Loixiyo seguía allí, y al cuarto intento ya debieron cansarse y se fueron. Obviamente la abrirían la tienda 20 minutos después, pero eso ya no me importa.  Desde luego no iba a fastidiarme la noche, tenía cosas que hacer. Pero al menos les molesté un rato.

Lo que más me toca los c*j*nes es que me traten de tonto. Siempre me han vendido cuando lo he necesitado. No tienen escrúpulos para vender alcohol a jóvenes de 15 años a las 3 de la mañana, pero no me venden a mí a las 22:40. No es lógico. Y que encima se rían en tu cara diciéndote algo que sabes que es una mentira tan gorda como si yo digo que me he depilado entero. Por favor, eso no se lo cree nadie.

En fin… cosas como estas hacen que me plantee irme todos los viernes un par de horitas a estropearles las ventas. Pero si lo hago tal vez algún día os den trocitos de vuestro ídolo de masas en un rollito de primavera. Tampoco hay que abusar de su paciencia.

Otro día  os cuento más.

Y au! 🙂

PS: Vacaciones …

Y para ti, viborilla a reacción, por si lo lees: “Sé lo que hiciste y habrá respuesta. Pero todo llegará, compañera.” 

 

0

¡Chaf! Café por la furgoneta

Hoy toca anécdota, otra vez 🙂

Hoy he quedado con mi amigo Antón para tomar un cervezuelo y ponernos al día de nuestras vidas. Hacía bastante que no nos veíamos, así que hemos acudido al Valdai a charrar un ratico y demás.

A nuestro lado había dos señoras entraditas en años conversando amigablemente mientras echaban un café. Una se estaba echando un café con leche y con hielo. La otra llevaba un perro metido en una mochila. Cosas curiosas, oye.

Mientras yo hablaba con mi amigo, he oído un “¡Ala! Ya me canso”. Intuitivamente he vuelto la mirada hacia las dos curiosas mujercillas. Y lo he hecho justo a tiempo para presenciar el gesto que va a continuación de la exclamación. La señora ha tirado su café hacia atrás, a la calle.

Se ha oído un ruido del hielo estampándose con una furgoneta que había detrás, y es entonces cuando nuestra protagonista ha entendido la jugada. Había una furgoneta aparcada justo detrás suyo, y sus desechos han golpeado la carrocería.

Ahí es cuando yo no he podido contenerme y me he empezado a partir el c*l*. Teníais que ver el café todo esparcido por la puerta de la furgoneta. Jojojoj 😛

Ella podría haberse avergonzado, haberse puesto colorada, pero NO. Nada más lejos de la realidad, ha seguido la estrategia de cuando nos tropezamos con un bordillo en un sitio concurrido. Consiste en dos pasos muy conocidos:

1. Comprobamos que nadie se ha dado cuenta. (Su desilusión ha sido obvia cuando ha visto que yo me había percatado).

2. Hacemos como si no hubiese pasado nada.

Pero esta señora tiene experiencia, y ha añadido el tercer paso, de su propia cosecha. A los dos anteriores ha añadido el comentario siguiente:

3. ¡Bueno… me ha pillado confesada!

Sí, señores. Además de cochinota, la señora se lo ha tomado con humor y naturalidad.

Por su desparpajo se ha ganado una entrada en éste mi blog.

Pues nada, con la anécdota del día me despido por hoy, que toca dormir.

Y au! 🙂

PS: ¡San Pepe!