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Malo, sí, pero podría haber sido peor

Pues ya ha acabado 2020…

Y no, la verdad es que 2021 no va a ser mucho mejor. La maldita pandemia no va a desaparecer por el mero hecho de que haya empezado un año nuevo. No vamos a poder volver a abrazarnos, salir sin mascarilla o viajar por medio mundo. En resumen, más de lo mismo.

Echando la vista atrás ha sido un año pésimo. Todo comenzó con ediciones especiales de «La secta» y el señor «Ferrero Roché» hablando de ese desconocido virus que estaba sembrando el terror en China pero que en España causaría, a lo sumo, unas cuantas muertes. Pasaban las semanas, los contagios iban aterrizando en nuevos países, se empezaron a utilizar palabras como «riesgo» o «pandemia», a los médicos se les cancelaron congresos, formaciones y cualquier otro desplazamiento… Por nuestra parte, la bella doctora y yo decidimos echar el freno y esperar un poco antes de reservar vuelos y hoteles en previsión de lo que pudiera ocurrir.

Había ciertos indicadores de que algo gordo se estaba gestando pero, aún así, nuestro flamante gobierno seguía animándonos a hacer vida normal e incluso nos animaba a ir a las manifas antimachistas porque, al fin y al cabo, el machismo mataba más que el virus y se nos iba la vida en ello. Los estadios de futbol seguían a reventar de gente animando a su equipo, las terrazas de los bares llenas, los eventos multitudinarios seguían celebrándose como si tal cosa.

De repente y sin poderse saber con antelación, la situación se volvió crítica y llegaron dos meses de confinamiento domiciliario con emisiones diarias del NO-DO en las que se nos contaban las grandes novedades. Un cachondeo: Cifras de muertos maquilladas, excusas, médicos sin equipos de protección, mascarillas defectuosas, guantes caducados, respiradores que no llegaban, mandos de los cuerpos de seguridad hablando en las ruedas de prensa, insinuaciones cuanto menos cuestionables del ministro de defensa…

Fueron meses muy duros en los que miles de personas perdían a diario su trabajo o a algún ser querido. El número de fallecidos seguía subiendo y lo único que podíamos hacer era ser pacientes, cumplir con las nuevas restricciones y esperar a que surtieran efecto. Hoy me cuesta recordar muchos detalles que se ve que inconscientemente he decidido olvidar.

Después llegó la desescalada, las fases, los cambios de medidas sobre la marcha, el lío generalizado y, en consecuencia, la gente haciendo lo que le daba la gana (en muchas ocasiones no tanto por pasotismo sino por desconocimiento o confusión). La broma continuó cuando el control centralizado que se había ejercido hasta entonces se cedió a las comunidades autónomas. Y aquí ya… 17 realidades y ritmos distintos. UN DESCOJONE. Mejor no voy a hablar de lo que ha ido ocurriendo entre julio y diciembre.

Podría seguir rajando y rajando sobre lo terrible que ha sido el año, sobre cómo todos mis planes se han ido al garete (comida en un 3 estrellas Michelín, viajes a Londres, Chicago, Perú, Japón…) o sobre lo h*ja de la grandísima p*t* que es la gente y cómo muchos se saltan las normas a la mínima oportunidad. Pero… creo que merece la pena dejar de quejarse y pensar en qué cosas han salido bien a pesar de todo:

  • A pesar de todo lo ocurrido sigo sin fumar. Ayer hizo dos años de mí último cigarrillo
  • El confinamiento no me ha hecho engordarme todavía más. De hecho, me puse a dieta y he conseguido perder unos 12 kg
  • Mi familia está bien, afortunadamente no tengo pérdidas que lamentar
  • Sigo manteniendo mi puesto de trabajo. Uno nunca puede estar seguro del futuro pero, hasta ahora, todo ha ido bien
  • La bella doctora ha conseguido una interinidad aquí en Zaragoza
  • He tenido ocasión de hacer viajes por España (Extremadura, Galicia, Asturias, Canarias…) y también conocer un poquito más la provincia de Zaragoza. ¡La comarca de las Cinco Villas me sorprendió mucho!
  • Varios buenos amigos han tenido bebés (bichos o cacharros como yo los suelo llamar)

En mi caso, he vuelto a disfrutar de cosas que había olvidado que eran tan importantes. Hacía años que no disfrutaba tanto de un simple paseo de la mano por la Aljafería. O de un café con mis padres, o de sentarme en un banco, o de hacer manualidades, o de leer…

Pequeños placeres que con el paso de los años y el peso de la rutina uno va dejando de valorar. Esa, esa justamente es mi moraleja para este año y lo único que hace que sea menos malo. Ya que no he podido hacer nada de lo que quería hacer al menos he aprendido a querer lo que sí podía hacer.

Todavía queda un largo trecho por recorrer. Habrá que ver si las vacunas funcionan y cómo de profunda será la crisis económica que nos quedará, pero no queda otra que tirar “p’alante” y aguantar.

Y hasta aquí mi parrafada de hoy. La verdad es que no sé si me estoy dejando algo de lo que quería poner, pero como tengo sueño y esto ya es demasiado largo, lo dejo aquí.

Y au! 🙂

PS: Ya abrirán, ya…

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¡Buenos días! ¡Eso lo serás tú!

Llevo bastante tiempo dándole vueltas al tema: Estamos creando una sociedad rabiosa, que se ofende por todo, que busca en cualquier comentario algún motivo por el que sentirse atacado y una excusa para atacar a quien piensa diferente.

No hay más que dar un paseo por cualquiera de las redes antisociales para darse cuenta de cómo está la situación. A cada comentario que haga un usuario en un momento dado le encontraremos respuestas criticando su actitud. Veamos algunos ejemplos.

Un simple ¡Hola a todos! puede traer respuestas diciendo que la palabra todos invisibiliza a las mujeres, lo que nos convierte automáticamente en machistas opresores del patriarcado.

Preguntar a una mujer si tiene novio (o a un hombre si tiene novia) nos convierte en unos xenófobos que presuponemos y damos por única posibilidad válida la heterosexualidad.

Si nos gustan las películas en las que los protagonistas acaban enamorados, entonces estamos perpetuando los conceptos de familia tradicionales. Si además nos gusta que esa pareja sea heterosexual (puede que una persona heterosexual se sienta más identificada con una pareja heterosexual), ya somos ultraconservadores.

Si nos gusta nuestro país, ultranacionalistas rancios. Si nos gusta nuestra región, ultranacionalistas pero modernos.

Decir que nos gusta la ternera y desayunar un vaso de leche con un huevo frito nos convierte en unos asesinos especistas que violan a las vacas y roban los bebés de las gallinas para comérselos.

Si un camarero sirve el refresco a la mujer y la cerveza al hombre, machista.

Si criticamos cualquier dogma promovido por un partido de izquierdas, entonces somos fascistas.

Si criticamos cualquier dogma promovido por un partido de derechas, entonces somos comunistas perroflautas.

Si damos nuestra opinión sobre el fútbol, entonces no tenemos ni idea. O peor aún, nuestra ciudad / región / país se convierte en un foco de ataques e insultos de lo más variado.

Una señal en la que un muñequito lleva al colegio a otro muñequito que lleva coleta es machista porque presupone dependencia de la mujer y su obligación de llevar coleta. También es ofensivo que los moñigotes de los pasos de cebra no lleven falda.

Incluso puedes ofender a las camas si por ser grandes las llamas «de matrimonio». ¡Pobres camas! O bueno, realmente igual a quien ofendes es a los matrimonios porque tal vez prefieren dormir en hamacas.

Creo sinceramente que la cosa se nos está yendo de las manos. Tenemos que cortar con esta dinámica nociva que algún día nos va a traer disgustos reales, empezar a pensar que el mundo no va en nuestra contra, necesitamos decir «BASTA».

No debería haber nada ofensivo en que un moñigote lleve o no lleve falda. No debería ofendernos que alguien nos pregunte nuestra edad, nos abra la puerta, desapruebe una medida política con la que no está de acuerdo, comience una conversación utilizando cualquiera de los dos idiomas que maneja en su día a día. No debería haber ningún problema en que una marca de coche publique un anuncio en el que una niña merienda una fruta. Una bandera no debería ser motivo de insulto, acoso o señalamiento. El género neutro en un idioma no debería quitar el sueño a nadie.

Tengo clarísimo que a los políticos les interesa polarizar a la población. Estás conmigo o contra mí, si no ves el problema es que formas parte de él. Si no piensas como yo entonces quieres dar un golpe de Estado… Esa y otras absurdeces pueden verse día sí y día también en las redes sociales sin que nadie se plantee por un segundo si están jugando con nosotros.

Dejo aquí esta reflexión por si a alguien le hace pensar. A mí, personalmente, hay algo que no deja de venirme a la mente cada vez que abro Twitter:

A esas «buenas personas» les pagan un pastizal por soltar su odio y enfrentar a la población. A nosotros no nos pagan, no les hagamos el trabajo sucio.

Y au 🙂

PS: Tengo sueño ya…

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¿Solos en el cielo?

Llevo algunos días dándole vueltas a un tema que, si bien puede parecer una chorrada, me da que pensar. Veamos:

Hace ya muchos años que dejé de creer en dios en cualquiera de sus formas y colores. De pequeñito rezaba con mi abuela, también cuando entraba a clase en el colegio, comulgué y todas esas cosas, pero no tardé en darme cuenta de que algo no cuadraba y muy pronto decidí que dios no podía existir.

Esto es un problema porque elimina algunas cosas buenas de las religiones, como por ejemplo la posibilidad de ir al cielo. Para un ateo, el cielo puede ser «el cariñoso recuerdo que tus seres queridos guardan de ti», pero para un creyente es mucho mejor: El cielo es un lugar de encuentro donde te están esperando todos los que se han ido antes que tú. Desearía poder tomarme un cocido de mi abuela, contarle cómo me ha ido el día y escuchar sus sabios consejos. O comerme unas «tajadicas» con mi abuelo y echar un guiñote, que me enseñara a hacer nudos de corbata para cuando me voy a hacer el masón o que me cantara «Es un chico excelenteee» mis próximos 500 cumpleaños. Pero, en principio, esto no va a poder ser.

¿Qué esperanza queda entonces? Pues la idea que algunas personas comparten de que «somos energía y que, al morir, ésta se transforma en otra». Mmmm… vale, esto me va gustando un poco más, podemos pensar que nuestro cuerpo (o cerebro) tiene energía almacenada, un alma tal vez, y que se puede convertir en otra cosa igual que la energía potencial de un cuerpo se convierte en energía cinética mientras cae.

Según esta concepción, que tampoco me parece la leche de científica, cabría pensar que al morir puedo reencontrarme con mis seres queridos o incluso quedarme por aquí y ver gente desnuda sin que me pillen. Pero, en este punto, aparece un nuevo problema:

Suponiendo la energía «almística» (así voy a llamar a la energía esa que comento, la del alma) se queda por aquí pululando nosotros, los vivos, no podemos verla de modo que: ¿qué nos hace pensar que los muertos sí la verían?

No sé si me estoy explicando pero, si los vivos no podemos ver una energía que supuestamente está ahí, ¿por qué las energías iban a poder verse entre ellas? Así que veo dos opciones:

OPCION A: Realmente esa energía no existe y cuando nos morimos nuestro cuerpo se descompone y dejamos de existir. Sólo quedará de nosotros el recuerdo en nuestra gente y, finalmente, nada.

OPCION B: Todos nos convertimos en «almas pululantes» que no se ven entre ellas. Mis abuelos están por aquí y cuando yo muera estaré cerca de ellos pero no podremos vernos mutuamente ni interactuar. Si esto es así, tampoco habría razón para vernos si en lugar de quedarnos aquí nos vamos todos a otro sitio, que podría llamarse cielo. Y en este caso… ¿estaríamos todos solos en el cielo?

Desde luego no voy a empezar a creer en nada a estas alturas de mi vida, pero este tema me parece interesante para reflexionar. Ahí lo dejo…

PS: Somos majos… Y suertudos.